Este templo budista ubicado cerca la localidad de Khun Han, en Tailandia, es más conocido en su idioma como Wat Lan Kuad, lo que quiere decir -aproximadamente- el Templo hecho de millones de botellas.
Construído con más de un millón de botellas de cerveza de las marcas Heineken -de color verde- y Chang -de color marrón-, las preferidas en la zona, se empezaron a utilizar el año 1984 para decorar las celdas de los monjes, y con el tiempo, al ir recibiendo cada vez más y más, pudieron levantar otros edificios, como una pagoda, la sala de ceremonias o los aseos. Las chapas tampoco se desperdician, ya que se utilizan para decorar murales.
Nació en San Miguel, Provincia de Buenos Aires. Estudió en la escuela Nacional de Bellas artes Augusto Bolognini, de Capital Federal, en 1975. Fue perfeccionando su obra en el taller de dibujo de Enrique Valderrey, realizando más tarde cursos y talleres de pintura y grabado con los profesores Samos, Pagano y Felipe Noe.
Ha impartido clases a niños de etapa primaria y a adultos, en la comprensión de la pintura y su historia.
Escribió e ilustró libros infantiles personalizados desde 1980, trabajando con material didáctico de arte para niños.
Su obra destaca especialmente en dibujo e investigación de materiales. Realizando numerosas exposiciones, y recibiendo premios por su labor.
No hay duda que estamos ante una magnífica artista, que siempre va innovando con materiales nuevos, para ofrecernos esta sinfonía de alegría y color.
Para profundizar en su obra, y saber más sobre ella, les invitamos a visitar su blog:
Li Xiaofeng es un artista de Pekín, de 43 años, que crea prendas de vestir con fragmentos de cerámica tradicional china, que proceden del arte milenario desarrollado en objetos durante las Dinastías Ming, Qing, Yuan y Song, los cuales son cosidos unos con otros sobre un armazón interior de cuero.
Algunos de sus proyectos incluyen chaquetas con su correspondiente corbata, y varios modelos de vestidos para mujeres, en ellos se aprecia una unión tan perfecta de dichos fragmentos, que parecen haber sido diseñados para estos materiales. Las obras se abren como un vestido o una chaqueta, y se pueden modelar como si fueran de tela.
En su estudio se amontonan las piezas de cerámica en cajas ordenadas por fecha, color y forma.
Ya saben, si se les rompe un plato o un jarrón de cerámica, no lo tiren, lo pueden reconvertir en ropa, y con lo que se ahorran en modelitos, se van de viaje.
Cuando el frío aprieta, tal vez sea de lo más acogedor olvidarlo delante de una chimenea, con su crepitar de troncos, mientras se oye el viento y la lluvia en el exterior. Existen muchas variedades de chimeneas, desde las más sencillas hasta las barrocas, desde las de palacios a casas de campo. Pero no es frecuente verlas en casas pequeñas o pisos, o al menos que funcionen y no sea un mero adorno. El concepto de chimenea no está reñido con el arte contemporáneo ni la funcionalidad, y aquí tenemos unas imágenes que nos lo confirman.
David Utrilla es un magnífico fotógrafo toledano que podemos visitar en su web, donde dice:
“Siempre he tenido afición por la fotografía pero ha sido en estos últimos años cuando ha despertado todo mi interés, hasta el punto de llegar a apasionarme.
Hasta ahora y gracias a las posibilidades que ofrece una cámara réflex digital, he ido aprendiendo todo lo posible en cuanto a técnica y manejo, así como todo lo relativo al tratamiento digital de las imágenes a través de herramientas informáticas. Sigo absorbiendo todo lo que cae en mis manos que tenga que ver con la fotografía , cursos, software, técnicas, efectos etc., así como participando en concursos en los que he obtenido algún premio.”
Para saber más sobre él, y disfrutar de muchísimas de sus obras, pasen y vean, porque es genial, y desde aquí queremos felicitarlo.
Sentado en lo más alto del andamiaje de madera, con la cabeza y los hombros echados hacia atrás, doliéndole el cuello, chorreándole la pintura por la cara, escociéndole los ojos, Miguel Ángel trabajaba día tras día del alba hasta el anochecer en sus monumentales frescos de la Capilla Sixtina, en el techo del Vaticano, en Roma.
A veces trabajaba hasta 30 días sin parar. Se sentía enfermo de dolor, sufría vértigos y temía estar perdiendo la vista. En 1510, a la mitad de su maratónica tarea, escribió un poema en el que declaró, traducido libremente: “Estoy donde no debo: ¡no soy pintor!”
En efecto, Michelangelo Buonarroti se consideraba primero y más que nada escultor de mármol, y tenía muy mal concepto de sus habilidades pictóricas. Nacido en 1475, tenía 33 años cuando el papa Julio II lo mandó llamar a Roma y le encargó que repintara el techo de la Capilla Sixtina. La capilla ceremonial había recibido el nombre del tío de julio, el papa Sixto IV, para quien se construyó entre 1473 y 1481. Las paredes estaban llenas de pinturas magníficas de maestros como Botticelli y Perugino.
Al principio, el papa Julio había querido que Miguel Ángel —que aceptó el encargo con reticencia— decorara el techo abovedado con retratos de los 12 apóstoles. Pero el artista pensó que eran “temas pobres” y decidió cubrir la superficie con su visión de la Creación.
Para alcanzar el altísimo techo, diseñó un andamiaje móvil de madera en el que podía pintar de píe o hasta caminar si quería. Aun así, en cuatro años y medio llegó a sentir que lo limitaba.
Empezó a trabajar en el verano de 1508, con la ayuda de seis asistentes que le mezclaban la pintura, le amasaban el yeso y a veces lo auxiliaban pintando. Su plan maestro era llenar la bóveda de frescos, desde las ventanas hasta el techo: acuarelas pintadas en yeso húmedo recién aplicado. Esto tenía que hacerse muy rápidamente, antes de que se secara el yeso.
Un error significaba tener que desprender el yeso y comenzar de nuevo. Sólo una vez tuvo que hacer esto el genial Miguel Ángel.
Primero hacía sus bocetos en papel y perforaba las líneas con un clavo. Luego sostenía el papel contra el techo y soplaba carboncillo pulverizado por las perforaciones para marcar el boceto en el yeso húmedo. Luego pintaba siguiendo las marcas, improvisando y detallando a veces conforme adquiría confianza.
Sus nueve escenas se sucedían en línea recta directamente arriba. Iban de la “Separación de la luz de la oscuridad” (la Creación), sobre el altar, a la “Embriaguez de Noé” (que muestra al hombre en su mayor alejamiento de Dios), sobre la entrada. Rodeando los grandes frescos e intercalados con ellos había una animada disposición de profetas, sibilas, antepasados de Cristo, desnudos masculinos que reproducían la belleza humana perfecta, y escenas que representaban la salvación de la humanidad.
En total creó unas 300 figuras del Antiguo y Nuevo Testamentos, cada una con sus propias características, expresión facial y pose: más de 1 022 m2 de superficie pintada.
A medida que la obra adelantaba, fue despidiendo a la mayoría de sus asistentes, alegando que les faltaba inspiración. Hombre fuerte, de mediana estatura y anchos hombros, soportó resueltamente los rigores del invierno romano, con el helado viento del norte y la lluvia que se colaba por el techo y creaba moho en partes de la pintura.
Comía sin dejar de trabajar (principalmente pedazos de pan) y de noche dormía irregularmente, vestido y calzado, en su estudio cercano. Sufría tanto mental como físicamente, y en enero de 1509 declaró, en carta que dirigió a su padre: “Nada le pido al Papa pues no me parece que mi trabajo marche de manera que lo amerite. Esto se debe a la dificultad del trabajo y también a que no es mi profesión. En consecuencia, pierdo el tiempo infructuosamente. Que Dios me ayude.”
El Papa compartía la desconfianza de Miguel Ángel y periódicamente visitaba la capilla, y subía por la escalera hasta lo alto del andamiaje para inspeccionar las pinturas. Esto dio lugar a agrias discusiones entre ellos. En el verano de 1510, por ejemplo, cuando la obra estaba semiterminada, el papa julio quiso saber cuándo estaría acabado el resto del techo. “Cuando me satisfaga como artista”, replicó Miguel Ángel. El Papa frunció el ceño y dijo ásperamente: “¡Y nosotros queremos que seas tú quien nos satisfaga y que la termines pronto!”
En otra ocasión, el Papa, de 66 años, amenazó con hacer arrojar físicamente al pintor andamio abajo si no trabajaba más deprisa. “¿Cuándo estará terminada?”, exigía saber Julio. “Cuando esté terminada”, replicaba Miguel Ángel ásperamente. El Papa enrojecía de ira y lo remedaba: “¡Cuando esté terminada! ¡Cuando esté terminada!” Levantaba entonces encolerizado su bastón y golpeaba a Miguel Ángel en un hombro.
La pareja hizo las paces más tarde y Miguel Angel reanudó el trabajo, pero en otoño —no por primera vez— se quedó sin dinero. No fue sino hasta febrero de 1511 cuando hubo dinero suficiente para continuar con la obra.
Para entonces, la gente que trabajaba en el Vaticano ya se había acostumbrado a la extraña apariencia de Miguel Angel en su ir y venir por la capilla a grandes pasos. Llevaba cabello y barba manchados de colores; su ropa eran harapos con pegotes de yeso, e iba cabizbajo, pues la luz exterior le hería la vista. En las calles de las afueras muchos lo creían loco y se mofaban de él a su paso. Trabajando solo y sin distracción, terminó por fin su vasta obra en otoño de 1512, casi cuatro años y medio después de firmar el contrato con el Papa. Se retiraron el andamiaje y los lienzos de cubierta, y Julio y su corte vieron el techo terminado la víspera de Todos los Santos (el 31 de octubre). Al día siguiente se reabrió la capilla con la ceremonia de consagración por el Papa. Miguel Angel no asistió al acto. Ansiaba volver a su escultura, y escribió a su padre: “Terminé la capilla que estaba pintando... El Papa está muy satisfecho.” (Fuente: Selecciones de Readers Digest).
Para disfrutar de las capilla en imágenes de 360 grados:
Además mostramos una réplica de la capilla, realizada por diferentes artistas en la plaza de Monterrey, otra realizada en punto de cruz por Joanna Lopianowski-Roberts, que tardó 10 años en concluir, y un mensaje publicitario para promocionar los mundiales de fútbol, realizado por TBWA Alemania.