jueves, 28 de junio de 2007

LA CENA DE LEONARDO


Cuenta una leyenda que a Leonardo Da Vinci le llevó 7 años completar su obra “La Última Cena”. Él quería representar a los 12 apóstoles y a Jesús basándose en personas reales. Empezó buscando a quien tomaría para pintar a Jesús. Muchos jóvenes se presentaron ante Leonardo para ser seleccionados. Él quería un rostro que mostrara una persona inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de las cicatrices y los rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado. Tras algunos meses de búsqueda seleccionó a un joven de 19 años de edad. Durante 6 meses Leonardo trabajó para lograr pintar esta figura.
Los 6 siguientes años, Da Vinci continuó su obra buscando a las personas que representarían a 11 apóstoles, dejando para el final a Judas, el apóstol que traicionó a Cristo por 30 monedas de plata. Durante semanas estuvo buscando a un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por cicatrices de avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que identificara a una persona que sin duda alguna traicionaría a su mejor amigo. Tras conocer a algunos, que no le convencieron, llegó a sus oídos que existía un hombre con estas características en el calabozo de Roma.
Este hombre estaba sentenciado a muerte por haber llevado una vida de robo y asesinatos. Leonardo viajó hasta Roma , y se lo mostraron a la luz del sol. Vio alguien sin vida, cuyo maltratado cabello largo caía sobre su rostro escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin había encontrado a quien encarnaría a Judas en su obra. Por medio de un permiso del rey, este prisionero fue trasladado a Milán al estudio de Leonardo Da Vinci. Durante varios meses se sentó en silencio frente al artista, que trataba de plasmar en su obra al personaje que había traicionado a Jesús.
Cuando dio la última pincelada a su obra, le indicó a los guardias del prisionero que se lo llevaran. Mientras salían del recinto el reo se soltó y corrió hacia Leonardo gritándole: "¡Da Vinci!! ¡Obsérvame!! ¿No reconoces quién soy?" Él lo estudió cuidadosamente y le respondió: "Nunca te había visto en mi vida, hasta aquella tarde en Roma." El prisionero levantó sus ojos al cielo, cayó de rodillas al suelo y gritó desesperadamente: "¡Oh Dios! ¡tan bajo he caído!" Después volvió su rostro al artista y le dijo: "Leonardo Da Vinci!! Mírame nuevamente, pues yo soy aquel joven cuyo rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años!".
¿Tanto puede cambiar el rostro de una persona por el tipo de vida que lleva?
Marian

2 comentarios:

Antonio Gabriel Guzzo dijo...

Sin palabras... muy buen relato, real o ficticio es exelente... saludos y felicitaciones...

Antonio Gabriel Guzzo

Marian y Virtu dijo...

Muchas gracias por tu comentario, Antonio, y gusta pensar que es cierto.
Saludos cordiales.